Bien común, propiedad privada y moral
Un análisis crítico sobre el falso dilema entre liberalismo y socialismo, que plantea la economía como medio al servicio del bien común y no como un fin en sí misma.
Al decir de Keynes, las ideas de los economistas, tanto ciertas como erradas, tienen más importancia de lo que se cree. Esta frase, tan curiosa como llamativa, ilustra una realidad. Ocurre que en ocasiones podemos estar insertos, sin darnos cuenta incluso, en un falso dilema, como si la realidad estuviese disputada entre dos únicas posturas cuyas premisas son mutuamente excluyentes.
En la actualidad es muy frecuente observar un acalorado debate entre lo que, a priori, parecen dos visiones económicas contradictorias: liberales (y/o libertarios) versus socialistas (y/o comunistas).
Como es un tema amplio, nos limitamos a la cuestión del bien común y la propiedad privada, en específico. Por un lado, los unos proponen la tesis de que la propiedad privada es el derecho supremo del ser humano en virtud de su libertad, además de afirmar que el egoísmo es una “virtud” para el bienestar de la economía, siguiendo la “doctrina” de la “mano invisible”. Por otro lado, los otros proponen la concentración en forma brutal en manos del Estado, donde la gran multitud se encuentra privada de su uso, como bien dijera Meinvielle.
Para poder resolver esta cuestión, es menester rememorar una verdad de sentido común: la economía no es un fin en sí misma sino un medio. Como ciencia humana, está al servicio del hombre y no el hombre al servicio de ella. De lo anterior resulta que las leyes económicas no son puramente físicas o mecánicas, sino leyes de la acción humana, que implican valores morales.
La sociedad humana tradicional concibió desde siempre a la propiedad privada como un derecho natural, subordinado, sin embargo, al derecho del uso común, es decir, al destino universal de los bienes, procurando para todos las mejores condiciones posibles.
Esto en la práctica considera como sistema nefasto y contrario a la justicia (inmoral) a aquel donde algunos tienen de sobra, mientras que otros se encuentran en la miseria. De modo que la fundamentación de esta subordinación del derecho a la propiedad privada al derecho del uso común de los bienes exteriores procede en primera instancia de su necesaria implicación moral, por ser ciencia humana.
Por lo tanto, si la economía debe servir al hombre para conseguir su sustento y alcanzar una vida digna, y como ciencia humana que es no puede sustraerse a las consideraciones de la moral, entonces ¿tiene sentido un sistema perverso que glorifique y promueva el superfluo derroche y a la vez fomente la miseria? Y esto tanto para el liberalismo como para el socialismo, ambos en el error por omitir el carácter eminentemente humano de la economía.
Lejos de ser un idealismo o mera especulación, esto es una crítica y una invitación a la reflexión filosófica sobre la economía.

